Congelar el pescado, ¿una medida errónea?

Congelar el pescado, ¿una medida errónea?

Congelar el pescado, ¿una medida errónea?

por 17 de diciembre de 2013 0 comments

Hace unos días hicimos referencia a si es necesario limpiar el pescado antes de retornar a casa, una vez finalizada la sesión de pesca. En este orden de cosas, en dicho artículo analizamos diversos pros y contras que redundan en torno a tan polémico trámite, pero, sin embargo, olvidamos conectarlo con el presente tema. Y es que si se da el caso que un día atrapamos un animal de espanto y apenas hay un par de bocas que puedan hincarle el diente, es más que probable que debamos diferir el momento de su consumo hasta que reunamos a un nutrido de comensales, cuestión que, por otra parte, puede darse bastante tiempo después de acaecida la captura. Así que la mejor opción será congelar el pescado.

Congelar el pescado, ¿una medida errónea?

No obstante, hasta que eso suceda, guardar nuestro trofeo en el frigorífico no impedirá que la calidad de la carne se deteriore, por lo que será imperativo abrir un hueco en el congelador. Por eso, si queremos que, a la hora de pasar por los fogones, aquél se encuentre prácticamente como cuando lo pescamos, más vale que sigamos una serie de recomendaciones al pie de la letra.

Un primer paso

La captura de un gran pez es un acontecimiento que trasciende más allá del momento en que ésta tiene lugar, pues, no en vano, se necesita reunir a muchas personas en torno a una mesa para dar posterior cuenta de él. Ahora bien, conviene saber que se puede dejar satisfechos a nuestros invitados si sabemos manipular debidamente el susodicho cadáver. Por eso, antes de hacer las cosas a tontas y a locas, conviene preguntarse inicialmente si hay posibilidades de que tan multitudinario encuentro tenga lugar a corto plazo. De ser así, basta con ponerse a desescamar y limpiar de vísceras, y aguardar al día señalado. En caso contrario, detengámonos, y hagamos una reflexión.

Creencias erróneas

Partiendo de la base que meter el pescado en el congelador, si bien alargará su plazo de consumo en plenitud de facultades, al mismo tiempo hay que tener en cuenta que el hielo puede llegar a machacarle y quemar tendones, la piel y la carne, degradando severamente la calidad de sus tejidos musculares. En este sentido, el ejemplo que mejor ilustra dicha reflexión es el uso que se hace del congelador para ablandar la correosa musculatura del pulpo, pues, de hecho, bastan unos días en él para que ésta quede tierna y sensible al paladar. Asimismo, obviaremos la penosa y desagradable tarea de darle una paliza para lograr este resultado. Ahora bien, si nos apoyamos en este principio cuando pretendemos aplicárselo a un pez, lo más probable es que pensemos que éste quedará pronto hecho papilla, en especial si pasa una larga temporada congelado. Craso error el nuestro… si hacemos las cosas bien.

La clave

La regla fundamental que se debe seguir al pie de la letra cuando se trata de congelar un gran pez estriba en NUNCA quitar escamas ni vísceras a nuestra captura, pues, en caso contrario, el frío resecará y quemará su carne, al punto de echarla a perder si descansa excesivo tiempo en el hielo. Probablemente no la malogrará del todo, pero obviar este paso se notará en exceso a posteriori.

Congelar el pescado, ¿una medida errónea?

En este orden de cosas, el primer paso que hemos de dar consiste en forrar completamente el cuerpo de nuestro pez con plástico, prestando especial atención en no dejar resquicio alguno por el que el frío se cuele. De este modo, la mucosa que recubre la escama se solidificará, al punto de constituirse en un auténtico escudo que preservará la chicha de los nocivos efectos de la congelación. Asimismo, NUNCA conviene trocearlo, y si se da la circunstancia que el “torpedo” que hemos pescado no nos cabe en ningún cajón, recurramos a algún amigo que cuente con un arcón, para que gentilmente nos permita disponer de un hueco en él.

Un último esfuerzo

A priori, suena extraño que a la hora de congelar un pez, debamos hacerlo tal cual lo pescamos, pero lo cierto es que si se siguen estas reglas, notaremos el resultado a la legua. Ahora bien, cuando se descongele y toque quitarle las escamas, tal vez haya que aplicar algo más de fuerza que si lo hiciéramos en un principio por aquello de que la mucosa desaparece tras haber contactado de un modo tan extremo con el hielo. Sin embargo, tampoco hay que preocuparse en exceso, pues no será demasiado el esfuerzo que debamos encarar.

A partir de este punto, sólo queda retirar las tripas y, los más curiosos, que estudien su contenido, pues a veces resulta realmente sorprendente lo que un pez puede llegar a engullir, cuestión que ayuda a sacar muchas conclusiones aplicables a nuestras salidas de pesca. A renglón seguido, y ya con deberes bien hechos, tan sólo resta acudir a la mesa con voraz apetito, y saborear el fruto de un trabajo bien hecho.

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