Historias de aves mientras pescas

Historias de aves mientras pescas

Historias de aves mientras pescas

por 23 de junio de 2015 4 comments

Seguramente poco tenga esto que ver con la pesca, aunque quizá sí mucho, ya que, de hecho, lo que voy a narrar me ha ocurrido en dos jornadas consecutivas practicando la misma. Normalmente son muy pocos los pescadores que leen los artículos de pesca que escribo, siendo optimista con lo de “pocos”, así que, como para encima echarle un simple vistazo a unas letras contando la vida y peripecias de unas pobre aves acuáticas a quienes -al posible lector me refiero- les importa una higa el tema en cuestión. Eso sí, convencido estoy que cuando cuelgue este artículo en Facebook algún “me gusta” solidario y piadoso, ya sea por afinidad o familiaridad, me caerá, ja, ja, ja… Pero, bromas aparte, considero que parte primordial de nuestra actividad como pescadores deportivos debería ser el disfrute y observación de la naturaleza, todos los seres que la habitan y de los extraordinarios entornos que visitamos y muchas veces nos perdemos por centrarnos únicamente en sacar peces. Disfrutemos de una estupenda jornada al aire libre, y luego, si pescamos algo, felicidad completa.

La pata cuentista, su prole y la pérfida gaviota

Me hallaba yo de pesca con la barca por un proceloso, ese día, Pantano de Alarcón cuando pude vislumbrar un pato –en este caso, sabido lo que acaeció a posteriori, puedo afirmar que se trataba más bien de una “pata”, no de banco, aclaro, sino la hembra de tan simpática ánade- que huía despavorida con una especie de nado lateral y antinatural, en un intento vano y desesperado de echarse a volar, emitiendo un cloqueo, o más bien graznido, estridente y escandaloso en grado sumo, lo que me hizo suponer, en mi ignorancia ornitológica, que se trataba de un ave herida que estaba incapacitada para el vuelo. Craso error del que me sacó mi compañero Adolfo que ya se había encontrado en el pasado con más de una situación parecida. “No está herida, es una pata que intenta alejarnos de sus polluelos simulando una tara que no tiene para que la persigamos y salvaguardar a éstos” –me dijo-. Yo, incrédulo ante tal afirmación, me empeciné en mi primera opinión, y le dije que nos acercáramos a la pata con la barca, sin ánimo alguno de hacerle daño, aclaro, sólo a modo de comprobación empírica de alguna de las dos teorías, cosa que hicimos y cosa que confirmó lo expuesto por mi compañero: viendo cerca la barca el palmípedo se elevó grácilmente demostrando su valía como voladora y experta comediante.

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Pero esta historia hubiera acabado en una anécdota didáctica y feliz, tanto por la integridad física de la pata como por haberme llevado yo mismo una bonita enseñanza de la naturaleza y sus criaturas, si el peligro del que se intentaba librar esta ave, o a sus polluelos, fuera el de un par de ociosos pescadores y no, como así comprobamos de inmediato, de una pérfida gaviota que acosaba a unos pobres patitos que se sumergían con desespero con la ilusoria idea de escabullirse del taimado pajarraco. Estos pobres se vieron sin la protección de su madre y aguantaban todo lo posible la respiración hasta que obligados a subir a la superficie los esperaba el “gavioto”, que en una rápida y fugaz zambullida los perseguía una vez localizados, los atrapaba con su temible pico y se los llevaba a la cercana orilla donde los devoraba en apenas unos segundos. Hasta tres veces repitió esta operación ante nuestros intentos de ahuyentar a tan contumaz ave con gritos y aspavientos y al heroísmo de la madre pata que en su instintiva desesperación volvió y se abalanzó sobre la gaviota para intentar salvar a algún miembro de su progenie. Al final cedió la gaviota, no por el miedo que le pudiéramos causar nosotros o la atribulada madre-pata, sino porque seguramente ya se hallaba saciada, remontó el vuelo, supongo que relamiéndose de tan apetitoso ágape, y nos dejó, a nosotros cariacontecidos, y a la familia de la valiente ánade casi totalmente aniquilada. Pudimos ver todavía un par de patitos que seguían sumergiéndose bajo las aguas ante el temor del ave predadora. Espero que se salvaran.

La impronta de las aves mientras pescas y el buen samaritano

En esta segunda historia de pesca con protagonista alado, me hallaba en una charca tentando al bass y sumergido en el agua con el vadeador hasta la cintura cuando oigo, primero, y luego observo en lontananza como un pajarillo se dirige a mí nadando y emitiendo unos graznidos agudos, penetrantes y claramente llenos de pavor y exigentes de auxilio. Se acerca, se acerca… y cuando llega junto a mí se arrima, se me pega y se tranquiliza.

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Claramente se ha extraviado del nido, ha visto algo moverse, y me ha confundido con su madre (impronta filial). Le ofrezco la mano sumergiéndola en el agua y se sube en ella, se acomoda, se relaja y se siente seguro. Tengo así al pajarillo unos minutos, hasta que considero que, debido a lo prematuro de su existencia, es más aconsejable posarlo de nuevo en el agua y, teniendo en cuenta lo poco extenso del lugar, es más que probable que cuando nos vayamos pueda encontrar a su verdadera madre, así que, mi “ahijado” por este corto lapso de tiempo, emprende de nuevo su desesperado llamamiento materno adentrándose en los juncos en busca del nido perdido. Seguro que se reencuentran madre e hijo, o por lo menos eso espero, aunque dentro de su mala suerte puede agradecer que diera conmigo porque con algún otro ser más incívico y desalmado puede que hubiera acabado ensartado cual pincho moruno. ¿Es exagerada esta afirmación? Pues probablemente sí, pero es que se ve cada cosa en este mundo de la pesca, sobre todo con los peces, aunque cualquier ser viviente corre peligro con estas incívicas hordas, que ya se puede temer cualquier cosa. ¿Cuestión de educación? Seguro que sí.

Los animales siempre nos enseñan y nos hacen mejores.

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4 Comentarios

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  1. Eufemio Rubio
    #1 Eufemio Rubio 26 junio, 2015, 22:43

    Precioso articulo, de excelente narrativa.Tambien yo he vivido varias experiencias similares.El mayor susto que me he llevado, fue cuando un precioso atardecer, me salieron en un remanso del rio, mas de cincuenta patas.en otra ocasion, pescando lubinas, una fria noche invernal, tuve que socorrer a una gallineta herida, otra vez, una avefria y hace un mes, un pollo de malviz…en fin mil historias, que hacen tan unico, el maravilloso deporte de la pesca.Un saludo.

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    • Josan Illescas
      Josan Illescas 4 julio, 2015, 10:34

      Así es, amigo Eufemio, la contemplación de la naturaleza y los seres que la habitan mientras pescamos es otro de los alicientes más importantes de esta actividad.
      Saludos.

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  2. Cacho
    #2 Cacho 24 junio, 2015, 01:46

    Josan me gustaron los relatos de tus anècdotas con los pajaros.Està cada vez màs claro que a pesar de algunos actos salvajes, no matan si no tienen hambre, no atacan si no es para defender a su prole. Hay un veterinario que sale por la tv que nos aconseja “portese bien, sea un animal” Saludos desde Santa Clara del Mar, en la provincia de Buenos Aires, Argentina

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    • Josan Illescas
      Josan Illescas 4 julio, 2015, 10:37

      Hola, Cacho, es indudable, como digo en el artículo, que los animales tienen mucho que enseñarnos a los humanos. Más valdría que les hiciéramos más caso.
      Un saludo para Argentina.

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