Historia de pescadores ¡Un popper, una lubina y a la tercera va la vencida!

Historia de pescadores ¡Un popper, una lubina y a la tercera va la vencida!

por 28 de diciembre de 2012 0 comments

Esta historia de pescadores empieza a las 6.00 a.m de la mañana. La señal horaria de la radio así lo indicaba y era el turno del boletín informativo. Conducía hacia la península del Grove (Pontevedra) cuando, de repente, los altavoces del coche escupían en forma de decibelios un sorprendente “¡Yankis de mierda!”. La voz resultaba de sobra conocida y el sujeto pasó a ser rápidamente identificado por el radiolocutor: el mismísimo Hugo Chávez, cabreado. O eso parecía.

Illa-de-Arousa.-Atardecer-sobre-las-bateas.

 

Alguno se preguntará a cuento de qué viene todo este preámbulo. Todo tiene una explicación y es que no sería posible recordar con precisión estos, quizás, “intranscendentes” hechos si lo que vino a continuación no fuese algo muy especial.

Mar en calma. El día apunta hacia un cielo azul y el viento guarda absoluto silencio. La poca luz que acompaña me permite llegar, con paso lento y seguro, a mi punto de pesca. Mi mañana está programada para “rapalear” con precisión una zona que días atrás me ha dado buenos resultados. Escapando un poco del regusto literario, puedo deciros, a los más técnicos, que lanzo un señuelo de superficie, un popper. Sí, ese típico señuelo “feo” en el que pocos confíamos y que a simple vista pesca poco.

Señuelo popper Pop a log de Hart

Los primeros lances, aún en medio de la oscuridad, no deparan sorpresas. He de decir que deposito todas mis esperanzas en esta primera, más o menos, media hora del amanecer. Dicho de otro modo, pesco con suma concentración e intensidad esperando respuesta al otro extremo del nylon.

Serán cinco o seis lances los que llevo cuando la primera picada ya es una realidad. El pez clavado ofrece una bonita lucha y se acerca peligrosamente hacia una zona de alga, muy desarrollada, que puede complicar inoportunamente la recuperación del pez.

No me equivoco. Una lubina, que ya he acertado a ver, busca protección en el medio de aquel “bosque” marino. El pez acaba librándose del engaño y el señuelo enganchado en alguna de estas “plantas”. Finalmente, con un poco de suerte, he podido zafar el popper y continuar la jornada sin “bajas” en el macuto de pesca.

Otra oportunidad

No han pasado ni dos minutos cuando otra picada acelera de nuevo mi pulsación. Consciente del error anterior, recupero sin dar tregua una bonita lubina que debe rondar los 2 kilos de peso. A pocos metros de la orilla el pez se suelta y el esfuerzo se vuelve inútil. Una vez más, aparece la cara de tonto de estas situaciones.

No valen las lamentaciones. Busco una zona más limpia de alga y lanzo sin éxito durante pocos minutos porque al poco vuelve a picar otra plateada. No logro clavarla y es en esa misma recogida cuando otra lubina toma el engaño.

A la tercera va la vencida, como se suele decir, y tras unas pocas vueltas de manivela tengo el ejemplar en mis manos. Me la quedo, pues pasa sobradamente del kilo, y continúo lanzando en la misma postura. En poco más de media hora he tenido muchas picadas y he clavado varios peces, sin duda el día ya ha merecido la pena.

Pasan las horas…

El sol ya brilla en medio de un bonito y despejado cielo. He cambiado mi posición en repetidas ocasiones pero no he vuelto a tener ninguna picada. A estas horas mi nivel de concentración ya ha bajado y los lances empiezan a resultar potencialmente menos eficaces. A eso de las 9:30 am una auténtica bestia se abalanza sobre mi señuelo con una violencia y espectacularidad que corta mi respiración. Clavada, el freno del carrete empieza a silbar como nunca antes lo había hecho. Esos primeros segundos ponen a prueba tanto la entereza emocional de uno como la propia mecánica y resistencia del equipo. Quizás en estos casos, la fiabilidad tecnológica es garantía de éxito porque los nervios y emoción son difícilmente controlables. No sé si llegué a perder la noción del tiempo pero no me atrevería a decir cuanto duró la lucha. Los últimos metros, cuando aquel maravilloso “bicho” daba sus últimos arreones, fueron eternos.

El poco mar que se presentó aquella mañana no quería “regalarme” su tesoro mejor guardado. Uno de las pocas olas que acudió a la cita fue la que, sumada a mi pericia, propició la captura. La sensación de tener aquel precioso róbalo, que marcó en la báscula 4,900 kg es un momento imborrable que uno jamás podrá olvidar.

¡Y más me vale! Porque del archivo fotográfico no vamos a poder tirar. Cuando una serie de casualidades y “fatalidades” te dejan sin la foto de rigor, cualquiera explicación sobra. Si lo hiciese no haría más que engordar nuestro eterno e injusto cartel de mentirosos.

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