El mundo al revés: Cuando el depredador se convierte en presa

El mundo al revés: Cuando el depredador se convierte en presa

El mundo al revés: Cuando el depredador se convierte en presa

por 30 de noviembre de 2017 0 comments

Los atractivos que la pesca encierra son tantos que es imposible hacer una relación de ellos, por más que los profanos la consideren un tostón. Y es que lo bueno estriba en que no sólo se centra en engañar a un pez con algo que despierte su interés, sino en el inmenso cúmulo de circunstancias que pueden acaecer con ella como telón de fondo, en el cual cabe incluir sorpresas de todo signo.

Un ejemplo de esto último es el hallazgo que hice no ha demasiado tiempo mientras husmeaba entre pozas para ver cómo se desarrollaba la vida en ellas, cuestión que el lector puede contemplar en una de las fotografías adjuntas. No, desde luego que casos como el presente constituyen una excepción muy poco frecuente de hallar en esos huecos excavados a golpe de ola con el paso de los años.

Paseando por las piedras

Estudiar el entorno que nos rodea se convierte en un factor al que en ocasiones no se le presta la debida atención, cuando en realidad tiene una notable relevancia en el resultado de las salidas de pesca. En base a ello, y cuando ya ha pasado el momento cumbre de la mañana para probar fortuna, nunca está de más dedicar unos minutos a observar si parte de la cadena alimenticia de nuestros peces de roca favoritos ha vuelto por sus fueros, como por ejemplo los clásicos cangrejos o las quisquillas de los que se alimentan, lo cual, por otro lado, a veces desespera en la medida que, de un tiempo a esta parte, se puede comprobar a la perfección que todo mengua a pasos agigantados sin que podamos hacer algo para poner fin a esa dinámica.

Y así, en esa impenitente búsqueda, un día descubrí parte de la cabeza de una pequeña lubina en uno de esos recovecos en un estado poco menos que testimonial, en la medida que gran parte de ella aparecía roída por caracolillos y cangrejos, al punto de quedar poco más aprovechable para ellos. Vivir para ver, que diría el castizo…

El trasfondo del asunto

Por regla general, y por lógica, lo normal es que el depredador termine por atrapar a múltiples pequeños organismos que constituyen parte de su dieta, mas en el presente caso, la verdad es que las tornas se han dado sorprendentemente la vuelta. Y es que esa legión de crustáceos que por regla general anda ojo avizor respecto de las evoluciones de la lubina, en esta ocasión han pasado a ocupar un papel diametralmente opuesto al que desempeñan, y muestran de un modo fehaciente el verdadero y atroz rostro de la vida marina.

En cualquier caso, lo más probable es que el triste desenlace padecido por tan desafortunado pez tenga que ver con haber tomado éste previamente contacto con algún pescador. El sorprendido colega, por su parte, sabedor de que conviene devolver al medio cuantas capturas de ínfimo tamaño obtenga, y en la creencia que contaba con unas mínimas opciones de supervivencia, lo más probable es que la retornara con toda su buena voluntad al considerar que no tenía lesiones incompatibles con la vida, pero como se puede verificar, semejante apreciación no siempre es acertada.

A trancas y barrancas, a buen seguro que el pez buscaría la manera de reponerse del daño padecido, pero pese a todos sus esfuerzos en este sentido, lo cierto es que únicamente quedó para servir, paradójicamente, de alimento a sus hipotéticas presas, quienes dieron pronta cuenta de sus sabrosas carnes en cuanto se les presentó la ocasión.

Ojo al dato

Cuidado que la mar depara sorpresas cuando empuja restos hasta la orilla y dedicamos unos minutos a contemplar lo varado tras el cambio de marea, lo cual da una pista del tremendo volumen de restos que acoge, pero también que aún nos quedan numerosas cosas por ver y de las que asombrarnos.

No obstante, y de cualquier modo, lo cierto es que con respecto al caso a que he hecho referencia, el ciclo de la vida es así de terrible, y que el débil sólo puede quedar atrás o, como hemos tenido oportunidad de comprobar, verse engullido por el contexto que le rodea. Y es que la dureza de la mar no concede apenas opciones a sus moradores, como tampoco a quienes se acercan hasta ella con intención de arrebatarle sus tesoros.

Por tal motivo, contextos como el descrito deben llevarnos a la reflexión más allá incluso del ámbito de la pesca, y hacernos tomar nota en la parte que nos atañe. Igualmente, recordemos que, por más duros y experimentados que nos consideremos, tan sólo somos un cuerpo bien frágil que se adentra en un territorio a simple vista asequible, pero plagado de trampas e implacable con quien no anda con el chasis y los sentidos al 100%. Así que tengan mucho cuidado ahí fuera…

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