Los cambios en el mar, un entorno que nunca deja de sorprender

Los cambios en el mar, un entorno que nunca deja de sorprender

Los cambios en el mar, un entorno que nunca deja de sorprender

por 27 de junio de 2016 0 comments

Como bien sabemos, algo está cambiando en nuestros mares desde hace ya bastante tiempo. Las aguas del planeta vienen padeciendo un considerable cambio motivado por el calentamiento global que produce el “efecto invernadero”, y una de las consecuencias más inmediatas de esta nueva situación se traduce en el cambio de comportamiento de los peces y la aparición cada vez más habitual en determinados sitios de especies que resultarían impensables incluso para los más viejos del lugar. Por citar algunos ejemplos, de los cambios en el mar, no es de extrañar que la sola mención de capturas de doradas en pleno mes de febrero en la ría del Asón, sea acogida por el común de los pescadores con una mueca de escepticismo, cuando no con una sonora carcajada, puesto que es de dominio público que estos apreciados espáridos muestran predilección por pasear sus lomos por aguas, cuanto menos, templadas. Ahora bien, el caso es que ya hace mucho tiempo que tal circunstancia tiene lugar temporada tras temporada, y ya van unas cuantas desde que este elemento se dio a conocer.

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Sin embargo, no sólo ocurren hechos excepcionales ligados a la pesca costera. Desde siempre, el Cantábrico se ha caracterizado por ser un mar bravío y poco dado a los cambios bruscos, lo cual ha permitido que cuando se produzcan algunas sorpresas, las mismas sean mayúsculas. Así las cosas, especies tan propiamente mediterráneas, como pueden ser las llampugas, ya hicieron acto de presencia en las aguas norteñas para asombro de los pescadores que ponen proa a sus embarcaciones allá donde navegan los infatigables túnidos. De este modo, los aficionados a dar caza y captura a esta amplia familia piscícola están cada vez más curados de espanto ante aquello que accede a embocar sus muestras. Vivir para ver, que diría un castizo…

Suma y sigue

La revolución tecnológica que se ha producido en torno al mundo de la pesca a lo largo del pasado siglo XX ha acabado por poner a no pocas especies marinas contra las cuerdas, cuando no las ha hecho desaparecer de algunas zonas en las que su presencia se podía considerar como habitual. El irrefrenable deseo por acaparar cuanto más, mejor, ha derivado en una brutal presión por parte de la pesca profesional al hace de su capa un sayo y emprender una huida hacia adelante, en ocasiones echando mano de artes pesqueras sumamente perniciosas, lo que determina en buena medida por qué se ha llegado hasta este contexto. Ahora bien, lo sorprendente del asunto es que lejos de adoptar medidas para variar tan erróneo rumbo, no existe una sola voz en este colectivo que alerte del futuro que aguarda al sector en caso de no desterrar la política de “pan para hoy, hambre para mañana”. Está visto que bastante les importa…

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El último refugio

Entre las artes que convierten el fondo marino en un complejo laberinto para los peces, la red, dada su nula selectividad, es la que más daño produce. Es más, cuando una red de arrastre atraviesa por una determinada zona, sus efectos son devastadores, al punto que poco o nada sobrevive a ella. Por ello, no es infrecuente encontrarse flotando en mar abierto infinidad de inmaduros muertos, una vez las tripulaciones han seleccionado los ejemplares destinados al mercado. Con todo, y además de las consecuencias que producen este tipo de actuaciones, también hay que considerar que el sustrato marino se ve afectado por la acción de los aparejos, pulverizando la vida e impidiendo la recuperación del sector durante un buen periodo de tiempo, puesto que la operación suele repetirse, no vaya a ser que algo haya escapado la anterior vez…

La única opción de escape que tienen ante sí las especies marinas para sustraerse a esta mortífera presión a la que tan frecuentemente se ven sometidas consiste en intentar hallar refugio en lugares en los que las embarcaciones no pueden acceder, tales como las zonas anfractuosas o de escasa profundidad, con lo cual, es la propia naturaleza la que determina un espacio de exclusión para las artes más letales. Sin embargo, en estos sitios es donde el palangre consigue sus mejores resultados aunque resulta mucho menos perjudicial que cualquier tipo de trasmallo, dado que el anzuelo cuenta con la ventaja de ser más selectivo. De este modo se evita la ruptura de la cadena alimenticia y, a su vez, se impide que la fauna marina migre a otros enclaves más ricos en alimento, o que incluso sea capturada, cosa que no ocurre cuando entran dentro del radio de acción de una red. Por eso estos santuarios naturales son los verdaderos garantes de que todos los años haya cierta pesca en las zonas que frecuentamos. Sin embargo, para que el pescador logre la captura de algún ejemplar digno de mención, más que de fortuna, antes habrá de encomendarse a su santo patrón para que éste obre el milagro, ya que en cada recodo del litoral hay una trampa encaminada a atrapar cualquier pez que navegue por allí. En cualquier caso, no perdamos la ilusión, que la pesca es esto, y mañana nadie sabe lo que puede pasar.

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