Historias de pescadores: cuando el sacerdote Roberto Valencia mordió el anzuelo

Historias de pescadores: cuando el sacerdote Roberto Valencia mordió el anzuelo

Historias de pescadores: cuando el sacerdote Roberto Valencia mordió el anzuelo

por 5 de junio de 2013 0 comments

Amigos Pezcaleros, revisando mis archivos encontré un programa de televisión grabado hace cosa de unos meses con un buen amigo llamado Roberto Valencia Aguirre, que es sacerdote católico y con quien he tenido la oportunidad de compartir largos viajes de pesca a distintas partes de México.

Hoy quiero contaros un viaje muy especial de Roberto y un servidor, viaje de pesca que hicimos a un lugar llamado Punta Allen, Quintana Roo, enclavado en la Riviera Maya en el Caribe mexicano, lugar de ensueño para turistas que van en busca de playas vírgenes y lugar donde el pescador puede dar rienda suelta a sus deseos de encontrar grandes peces y estar con ellos frente a frente.

Pesca en Allen, México.

Fue en este viaje cuando Roberto quedó maravillado con la pesca. A continuación, como sé que os fascinan las historias de pescadores, os dejo un texto escrito por Roberto Valencia a su regreso de dicho viaje, donde describe su experiencia durante sus primeras jornadas de pesca deportiva en Punta Allen. Espero que os guste y que disfrutéis de las imágenes.


De cómo pasé de ser el padre Bagre al Padre dorado

Me quedé frío cuando escuché a Paco Marroquín al teléfono: “Va conmigo un sacerdote amigo, ¿no hay problema?”. Me sentí aludido. Esa fue la original manera que tuvo Paco de invitarme a Punta Allen y Majahual a un triduo de pesca.

Mi experiencia en pesca deportiva era nula. Cuando era niño acompañaba a mi hermano en el Grijalva a tirar un anzuelo a pescar mojarritas y bobos. La curiosidad por la pesca -con la curiosidad comienza todo ¿no?- empezó al ver el programa “Vámonos de pesca”. Me parecía fascinante la pesca y, sobre todo, me parecía una excelente metáfora de la vida.

En el programa veía sacar especies mientras Paco explicaba la vida bajo el agua. Además me enseñó –ya dije lo buen pedagogo que es el Sr. Marroquín?- a amar la ecología, a cuidar y preservar el medio ambiente, a cuidar las especies pequeñas, a amar más mi Tabasco con esos paisajes espectaculares… De este modo creció mi ánimo de explorador… y como un pez, mordí el anzuelo.

Punta Allen, México.

Me acerqué un buen día a la tienda decidido a comprar una caña y señuelos. Mi cartera no es muy abultada y en el fondo tenía miedo de no poder comprar algo bueno, pues mucha gente tiene la idea que la pesca es un deporte burgués, sólo para ricos. Por “diosidencia” me encontré a Paco, me atendió con mucha sencillez, explicándome más cosas sobre tal o cual caña, la línea, los señuelos, el carrete,… me sentí como en casa, hablando con un amigo cuyo interés era que yo pudiera realizar mi anhelo de pesca. Salí con caña y carrete Shimano, señuelos y lo mejor de todo: una gran ilusión de pescar. Me pareció una buena compra y siento que fue muy accesible para mi bolsillo.

Mis primeros pininos fueron en Holbox, de muelle a muelle me moví buscando el mejor lugar de pesca, oyendo los consejos de los lugareños. En mi bicicleta iba por igual al muelle de ingreso que a la Isla Pasión, Punta Mosquito o alguna orilla. A toda hora, al amanecer, al mediodía, al caer el sol, a media noche con luz de luna… mi silueta solitaria lanzando y recogiendo… probando la caña de spinning. Lo único que picaba era bagre, bagre, bagre. Una noche saqué al hilo 16 bagres, no bajaba mi ánimo. En se lugar picaban bonitos, jureles, robalos, picudas… yo solo jalaba bagres, bagres, bagres. Eso sí, de buen tamaño, pero bagres. El bagre no es un mal pez. Solo que en Holbox, un bagre es un pez de poca monta.

Una noche de luna llena, el domingo de Pascua picó una manta raya de 1 metro. Espléndida, llena de fuerza, la presa más popular de la isla (las empanadas de manta raya y la langosta son las más pedidas), me dio batalla hasta que caí en cuenta que mi caña no resistiría… era mi primera pieza de pesca. ¡No podía dejarla escapar! ¡Error de novato! Hay ocasiones en que debemos soltar la presa para salvar la caña… gran lección aprendí, cuando escuché el ¡crack! de mi caña. La raya salvó la vida partiendo mi caña en dos.

De la mano de Paco Marroquín

Volvamos pues a la invitación de Paco. Salimos muy temprano rumbo a Punta Allen. Después de un camino sin contratiempo, llegamos al caer la tarde, lanzamos la lancha y preparamos líneas, señuelos y cañas. Dormimos hasta tarde. Estábamos enteros, esperábamos un buen día de pesca.

El amanecer no pintaba bien. Había marejada y mucho viento. Toño, nuestro guía de pesca, sugirió ir en una embarcación más grande y segura. Paco vio que era lo más seguro. Ante todo la vida y seguridad. Nos hicimos a la mar, en minutos descubrí lo que significa el mar embravecido. Al final del día, un abadejo de 6 Kg.

Al día siguiente el día pintaba peor, la noche hizo mucho viento, no obstante decidimos escuchar la pasión de nuestros corazones, ese vértigo en el alma de quien pesca, de saberse luchando con la naturaleza, a merced del cosmos, un cara a cara con el mar, un tú a tú con la vida marina. No éramos temerarios imprudentes, sino apasionados pescadores. Después de un par de pargos fritos, subimos a la lancha. Recorrimos la franja de coral y piedras, buscando en primer lugar abadejos, barracudas o avistar algún ave que nos indicara la ubicación de los dorados y marlín haciendo tiempo por si aminoraba el mal tiempo.

La pregunta de Paco atravesó mi corazón “¿estás bien?” Me había pasado un rato vomitando por la marejada. Mi respuesta era la prenda para ir mar adentro. En ese momento me sentí parte de un equipo de pesca: íbamos con el corazón firme y decidido a encontrar algo. No regresaríamos con las manos vacías. Si era necesario ir mar adentro, habría que ir, la vida, en ciertos momentos nos exige abandonar los miedos y sobreponernos rápidamente a nuestros malestares. “Sí estoy bien”. La voz de Paco sonó fuerte: “DUC IN ALTUM” (¡Vamos mar adentro!), ordenó al guía de pesca. Y el motor de la lancha enfiló al siempre misterioso mar embravecido. Las olas de tres metros da alto intimidan al más valeroso.

No basta tener un salvavidas inflable. Como todo en la vida, se requiere coraje… pero mucha fe, mucha esperanza en que lo que viene es mejor. Una barracuda pequeña se prendió a mi anzuelo, sin mucha batalla pude sacarla. Al cabo de una hora, Daniel el camarógrafo sintió un jalón fortísimo. Paco tomó la caña y comenzó la batalla entre el hombre y el pez. Fuerza tenaz, vital, agresiva, pujante, fuerza pura queriendo liberarse de su atadura. Fuerza capaz de jalar al agua al hombre inexperto, fuerza cargada de adrenalina y sabor a peligro. Todavía mareado me asomé para ser testigo de la experiencia del Sr. Marroquín. Ante semejante espectáculo cabe la algarabía, pero también el silencio. El mar merece respeto.

No es la adrenalina del toreo, o la lucha libre, del ciclismo de montaña o el motociclismo. Es adrenalina salitrada. Curtida por el sol, la fuerza de los vientos, el olor del peligro. Un espectro plateado comenzó a emerger del fondo del mar, hasta entonces vimos que se trataba de un Wahoo espectacular, de 20 Kg de peso.

Historias de pescadores: Roberto nos cuenta cómo fue su primer jornada pescando con Paco Marroquín.

Aquí os dejo el vídeo de la captura del Wahoo:

Eran como las cuatro de la tarde. El día mejoraba, eso nos animó a continuar la brega. Al cabo de media hora, se prendió a mi caña con fuerza un pez, y pude gozar por vez primera en mis manos, el olor, el sabor, la música, la vibración, los tonos, los colores, la frugalidad de la pesca. El chirronear del carrete jalando línea mientras a lo lejos un salto irrepetible, cargado de belleza anunció al espectacular dorado de 12 Kg. El acrobático pez brilló con destellos de oro alegrando nuestros ojos “¡Es un dorado!” gritó Paco. “¡No lo dejes ir!… ¿no querrás ayuda?”.

Era mi debut como pescador y como comentarista de TV. De reojo vi como mi maestro, sucumbía ante el dolor de un mal movimiento de columna y el movimiento del mar. “¡Nárralo tú!”. Una pasión tripartita: pescador, narrador y sacerdote. Toda mi fuerza y concentración se enfocó con más precisión a no soltar la pieza. Fueron 15 minutos que me supieron a media tarde. Una vez en la embarcación el pez comenzó un espectáculo también metafórico de la vida. El preludio de su muerte fue un caleidoscopio de su vida.

Historias de pescadores: Roberto Valencia con una de sus primeras capturas en México.

De azul intenso, a gotitas verdes, manchas doradas, rayas plateadas, luego a esmeraldas, hasta quedar en un gris plomo… como si en el hálito último de su vida, recorriera las etapas de su existir, los mares vividos, los kilómetros recorridos… un mapa póstumo, un epitafio escrito en su propia piel. Dorado, un pez que aún no han descubierto los test psicológicos: el pez que al morir sigue brillando. Era una hembra, el macho rondó nuestra lancha durante varios minutos y desapareció, huyó con los de su especie que a lo lejos continuaban el enigma de la vida, nacer, crecer, reproducirse, migrar, morir.

No es fácil para un pescador experimentado como Paco tomar esta decisión: “vámonos ya, regresemos”. La pesca prometía más, estábamos a minutos de hacer un “gran Slam”. Yo ni siquiera sabía qué era eso: capturar tres especies deportivas, como estas túnidas. Es la corona de un pescador experto. Paco prefirió salvaguardar la seguridad, antes que llenarse de vanagloria. Me sentí seguro. De vuelta encontramos varias tortugas gigantes y los colores del mar de azul intenso a “azul con madre”.

La satisfacción mayor nos la dieron los pescadores del lugar, que al ver el hermoso Wahoo. Cenamos quesadillas y la hamaca cargó con mi cuerpo que para entonces cayó en la cuenta por qué había llorado como un niño, al subir el pez a la lancha.

DSC09654
Al día siguiente, muy temprano nos fuimos a Mahagual, el tiempo estuvo increíble. Avistamos dorados pero no quisieron comer. Paco decidió bucear para levantar imágenes submarinas para el programa. Había muy pocos peces. Desayunamos y nos enfilamos a Villahermosa, hasta entonces volvimos a acordarnos que nuestro país, es como es. Encendí la radio y de nuevo a bregar con la vida. Me ayudó mucho la experiencia de la pesca en Punta Allen y Mahagual cuando escuché las noticias “8 muertos por la influenza… los zetas descabezan a un comandante de la policía… la crisis económica se ahondará… el dólar en 15 pesos… subió la luz… el desempleo… la corrupción de nuestros gobernantes…”.

Sentí ganas de llorar de nuevo y bendije a Dios porque un día le dijo a un humilde pescador “Sígueme, Pedro, que te haré pescador de hombres”. Para vivir, hay que sujetar fuerte la caña y esperar siempre tiempos mejores, aunque el mar esté embravecido. Nosotros ponemos nuestra parte, Dios pone lo más importante, los frutos del mar, los frutos de la vida diaria. ¡Gracias a Vámonos de pesca, con Paco Marroquín!

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